100 años es mucho tiempo, 50 es la mitad de muchos años y 29, lógicamente, es muchos años… pero no sólo eso. Casualmente, es también la cantidad de años que nos separan desde el suicidio de Ian Curtis, el líder de Joy Division, un lejano 18 de mayo de 1980.Este tipo de ocasiones es habitualmente una excusa para desempolvar un pergamino de logros que nos abruma con el peso de la historia y científicamente nos
ofrece una disección de la obra del artista en cuestión. ¿El resultado? Una gélida lista de logros y adjetivos superpuestos en donde, generalmente, al artista en cuestión es elevado desmedidamente a niveles extremos de genialidad; así es como la música queda en un segundo plano, detrás de tanta gesta épica. Y precisamente esto sería lo que menos querría Ian Curtis.Simplemente podemos decir que junto con el resto de Joy Division, Curtis se encargó de escribir canciones con una carga de intensidad pocas veces vista anteriormente. Instrumentaciones que ahora parecen obvias y seguras, pero en su momento fueron novedosas, sirvieron de marco para que su voz intensa, profunda y visceral nos golpeara. Escuchar un disco de Joy Division implica, aún hoy, tomar partido ante esa voz… esa voz. Toda la rabia de, por ejemplo, los Sex Pistols fue dirigida hacia adentro y allí, internamente, entraba en una atormentada ebullición y cada vez que Curtis abría la boca esas palabras salían con una carga tan pesada, tan encantadoramente difícil de lidiar que nos arrastraban a un estado de gracia.
Para tratar de aportar datos que generalmente no faltan en este tipo de notas podríamos decir que el último show que dieron fue el 2 de Mayo en la Universidad de Birmingham, y que allí estrenaron “Ceremony” y la última canción que tocaron como Joy Division fue “Digital”; también podemos decir que el 20 de mayo iban a embarcarse en su primer gira por USA. Para darle el tomo morboso que hace falta deberíamos decir que cuando Ian Curtis se colgó estaba escuchando “The Idiot” de Iggy Pop y que dejó una nota que decía “en este preciso momento desearía estar muerto, ya no lo soporto”. Pero no es la idea de este breve comentario.A partir de su muerte Ian Curtis se convirtió en una leyenda… No para todos, no para el póster de las masas porque nunca fue tan “vendible” como Lennon con su idealismo o Jim Morrison con su sexualidad; pero aquellos que sí lo conocieron supieron que su obra quedaría marcada a fuego por siempre. Ian Curtis y Joy Division expresaron apasionadamente las dudas, temores y angustias que todo ser humano podía experimentar y que, en el contexto de Inglaterra de fines de los 70s, también se aplicaba a los estados de ánimo que generaba el capitalismo en estado casi terminal; la alienación y los tonos grises de la cotidianeidad fueron transformados en canciones de una belleza sin par.
¿Y qué sucedió en estos veintinueve años? Los tres miembros que quedaron sumaron a la novia de Stephen Morriss en los teclados y dieron vida a los tan necesarios New Order, el capitalismo mutó en nuevas formas, Joy Division se transformó en un borroso recuerdo de días intensos y, con la abundancia informativa y el reciclamiento de viejas propuestas de los últimos años de repente varios artistas redescubrieron la obra de Curtis y su patrón se convirtió en un camino seguro. Está claro que ningún artista pudo hasta ahora articular en forma tan precisa y bella las profundidades de los sentimientos humanos, el humor de una época y una forma tan personal de hacer música.
Por primera vez vamos a pedirle a ustedes, nuestros lectores, que no lean más esta nota y se vayan a escuchar, bajar, pedir prestado (lo que sea) los dos discos: los dos de estudio, “Unknown Pleasures” (1979) y el póstumo “Closer” (1980) o la recopilación “Permanent”. Lo que elevó a Ian Curtis y a Joy Division, por supuesto, fue lo intenso de su obra y leer una serie de comentarios que poco pueden aportar no le hace justicia a esas canciones. Allí es donde reside el secreto.
“Unkown Pleasures” (1979)El comienzo de todo: por primera vez escuchamos la conjunción perfecta de la batería “relojito alemán” de Morriss, las melodías del movedizo bajo de Hooky, el uso no guitarrístico de la guitarra de Sumner, la voz visceral y las letras movilizadoras de Curtis, la espacialidad marcial de la producción de Hannett y las atmósferas ominosas de las canciones ¿El mejor debut de la historia? Aceptamos apuestas.
“Closer” (1980)Uno se pregunta ¿a dónde hubieran ido Joy Division después de este disco si Curtis no se hubiera suicidado? Todo lo que mostraron en “Unknown Pleasures”, que ya era mucho, es empujado a niveles superiores y explota en diversas direcciones. Los climas, las texturas y los ritmos que tan bien funcionaban en el debut se perfeccionan pero esta vez la guitarra prácticamente desaparece de la mezcla final y los teclados atmosféricos se apoderan del control pero en ningún momento se resiente ni la vitalidad ni la fuerza de las canciones. Post punk en su máxima expresión.
TOP DIVISION
1. “Love will tear us apart”En una de las habituales votaciones entre músicos que organiza NME, esta canción fue seleccionada como LA mejor canción de rock de la historia. Más allá de si es o no, lo importantes es que esta canción sobre la frustración personal es perfecta. Asi de simple.
2. “Heart and Soul”Otra obra maestra, sin dudas. Ritmo bailable, base minimal, voces susurradas, teclados envolventes y mínimas líneas de guitarras. ¡El futuro había llegado hace veinticinco años!
3. “Atmosphere”Un réquiem maravilloso. Percusión tribal, un bajo casi inmóvil, teclados fantasmales y la voz reposada y profunda de Curtis se entrelazan en una especie de ritual futurista. De repente aparece un teclado que parece un rayo de luz. Bellísima.
4. “She’s lost control”El eco en la voz y el miedo que se evapora de la letra que trata sobre la epilepsia contrastan deliciosamente con una instrumentación bailable; claro, ¡estamos hablando de una danza preocupada y espasmódica!
5. “Transmission"Parece que cada uno de los músicos decidió para esta canción hacer algo memorable con su instrumento. Simple, directa, poderosa y “punky”, “Transmission" es una oda al poder de la música.




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